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martes, 17 de diciembre de 2019
Danza 2019
En este corto vídeo interpreto de una forma poco ortodoxa una Sarabande de J.S. Bach. Combino la música con una serie de imágenes. Lo he llamado Danza 2019. Les deseo que pasen unas felices fiestas de fin de año y un 2020 pleno de salud y paz.
Pueden ver y escuchar el vídeo haciendo click aquí
domingo, 15 de abril de 2018
Venezuela destruida
Esta es mi respuesta a María Páez Víctor, quien escribió en el Correo Canadiense de Toronto una apología de la dictadura de Nicolás Maduro. La pueden leer haciendo click aquí.
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miércoles, 21 de marzo de 2018
Why Linda McQuaig is so wrong about Venezuela?
The article of Linda McQuaig about Venezuela is so wrong in so many ways. First, she distorts the facts to portray the Venezuelan tragedy as "a bitter class war, with millions of poor people committed to defending a revolution carried out in their name." Second, she took sides to defend a corrupt and criminal regime, repeating the hollow rhetoric of Nicolás Maduro and his cronies about the "economic war against a nation" that does not exist. Actually, the only war is the one that the regime of Nicolas Maduro is waging against his own people.
But Linda McQuaig suffers from ideological blindness. She cannot see what is happening in Venezuela because she bought the arguments of Maduro to justify his wrongdoings. She forgot to mention that the policies of the Maduro regime - following the same populist prescriptions instituted by Hugo Chávez - have caused the free fall of the economy: deep recession in the last four years (minus 10 GDP this year), hyperinflation rising to three digits (expected to rise to 14,000 percent this year), maxi devaluation of the currency, and the destruction of the national oil company PDVSA.
She cannot see either that Venezuelans are living a truly humanitarian crisis. Hunger is a real problem. Malnutrition among the poor, particularly children, has been widely documented. Venezuelans are also dying or suffering because they don't have access to medication and basic medical services.
Linda McQuaig is blind to the reality that Venezuelans live under a violent and cruel regime. During four months of protests the Maduro regime murdered more than 100 people. Or that there are still almost 300 political prisoners, many of them civilians submitted, illegally, to trials in military courts. She did not say that the political police of the government, Sebin, does not comply with judges ordering the release of prisoners and extorts them and their families, asking for large sums of money in US dollars to "buy" their freedom. Or that the poor are enslaved through the CLAP system, a perverse program of social control through the distribution of food bags. She forgot to say that crime is out of control. More than 20 thousand people are murdered each year. Prisons have become the paradise of criminals, under the control of gang leaders, thanks to the complicity of government officials.
Linda McQuaig is so wrong about Venezuela that she does not know the history of the country. Chávez did not nationalize the oil industry, as she wrongfully wrote. The oil industry was nationalized in 1976 during the first government of Carlos Andrés Pérez. Nevertheless, this should be a "minor" detail for someone who dares to defend a regime that is the source of suffering and horror for millions of Venezuelans.
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miércoles, 18 de octubre de 2017
Lecciones desde Quebec para secesionistas catalanes
![]() |
| Entre radicales y soberanistas tibios. |
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viernes, 15 de septiembre de 2017
Cuéntame algo: Espectro y Cuatro
![]() |
| El espectro entra por la puerta... |
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domingo, 13 de agosto de 2017
Quisiera nombrarlos a todos
* Este poema lo escribí en 2008 para recordar a seres queridos que en ese entonces ya nos habían dejado.
Quisiera nombrarlos a todos
Por: Isaac Nahón Serfaty
Quisiera nombrarlos a todos
y con las palabras
convocarlos uno a uno.
Memoria, vínculo último,
testimonio del bendito recuerdo.
Quisiera que Papá Salomón,
con su voz justa y severa,
me dijera “No andes descalzo”.
Y que jugara de nuevo
una partida de ajedrez con Izack,
o hiciera una carambola
en la casa de la playa.
Quisiera que Mamá Sara,
con su dulzura de letuario,
celebrara un Día de las Madres.
Y que su sonrisa volviera,
como cuando jugaba Pelé
porque se acordaba de Río.
Quisiera preguntarle a Gabriel,
inteligencia superior,
poema a Sión.
Y que el llanto de mi madre
cesara al verlo llegar
de la mano de su padre,
sus caras de alegría.
Quisiera estar con Moisés
en la tienda de Jerusalén,
allí en la ciudad santa,
caminar con su bastón
y remontar la colina.
Quisiera volver con Samuel
un domingo a El Junquito,
para comernos un asado,
y escuchar de sus labios
la anécdota picante
con olor a hierbabuena.
Quisiera que Alberto,
en una lección de historia,
me hiciera descubrir las claves
de dónde venimos,
de quiénes somos.
Quisiera que Jaime
debatiera de política,
escribiera unos versos
y cantara una canción
para su amada Estherina.
Quisiera escuchar a Moselín
entonar un piyut en Maripérez,
su voz en la radio aquel día
en el que me convencí
que las casualidades
no existían.
Quisiera que Abramito
me llevara a Maracaibo
a bailar unas gaitas
para saber cómo
zuliano y sefardí
se combinan.
Quisiera que Mercedes
me diera una lección de piano,
y una tarde con té
interpretara a Chopin
para que a mi padre
se nombrara.
Quisiera que Mary,
en la solemnidad del Shabat,
me recibiera en su casa,
y que el aroma de la adafina
se convirtiera en nostalgia.
Quisiera que Joseph
tocara el Shofar
que se escucha a la distancia,
diciéndome aquí vamos
todos en la misma nave.
Quisiera que Tita Nelly (de Montreal)
me contara de los veranos en el chalet,
mientras la nieve cubre las calles
de blanco sobre blanco.
Quisiera que Tita Berta,
con esa elegancia tan suya,
me relatara sus viajes
de Tánger a Paris,
cosmopolita y magnífica.
Quisiera que Mercedes la prima,
en su lucidez preclara,
recordara Tetuán
como si fuera apenas ayer
que los escalones se contaban.
Quisiera que Salomón supiera
que ahora comprendo su heroísmo,
fortaleza del espíritu
que remonta toda dificultad,
que supera todo reto.
Quisiera que Mamá Israel
me bendijera
al entrar por esa puerta
de su casa en la Judería.
Quisiera que la abuelita Simy
caminara de nuevo
por la playa de Río Martín
cantando un romance antiguo.
Quisiera que el abuelo Emilio
me hablara de Argentina,
me develara ese misterio
que hay detrás de esas gafas oscuras.
Quisiera que la bondad de Chuchi
se desbordara por el mundo,
y volverme a montar en su VW
para sentir esa felicidad
que nunca se acaba.
Quisiera que Salvador,
con su risa sonora,
nos contagie de optimismo
para cruzar el estrecho
el día del exilio.
Quisiera que Salomón, mi tío,
pasee conmigo por Tánger,
me lleve por los rincones
de la ciudad blanca
y del mar sin límites.
Quisiera que Alicia, mi prima,
volviera a Puerto Azul
y saliera de esa foto
desde su juventud eterna.
Quisiera con Ángel
ir a Margarita,
para que la amistad y el sol
borraran toda sombra.
Quisiera que Ramón Riera
disertara sobre Venezuela,
para demostrarme que en el país
también hay grandeza.
Quisiera que la Señora Alicia
nos preparara un quesillo,
con ese sabor criollo
de la Caracas amable,
de los diciembres felices.
Ottawa, 8 de junio de 2008
Quisiera nombrarlos a todos
Por: Isaac Nahón Serfaty
Quisiera nombrarlos a todos
y con las palabras
convocarlos uno a uno.
Memoria, vínculo último,
testimonio del bendito recuerdo.
Quisiera que Papá Salomón,
con su voz justa y severa,
me dijera “No andes descalzo”.
Y que jugara de nuevo
una partida de ajedrez con Izack,
o hiciera una carambola
en la casa de la playa.
Quisiera que Mamá Sara,
con su dulzura de letuario,
celebrara un Día de las Madres.
Y que su sonrisa volviera,
como cuando jugaba Pelé
porque se acordaba de Río.
Quisiera preguntarle a Gabriel,
inteligencia superior,
poema a Sión.
Y que el llanto de mi madre
cesara al verlo llegar
de la mano de su padre,
sus caras de alegría.
Quisiera estar con Moisés
en la tienda de Jerusalén,
allí en la ciudad santa,
caminar con su bastón
y remontar la colina.
Quisiera volver con Samuel
un domingo a El Junquito,
para comernos un asado,
y escuchar de sus labios
la anécdota picante
con olor a hierbabuena.
Quisiera que Alberto,
en una lección de historia,
me hiciera descubrir las claves
de dónde venimos,
de quiénes somos.
Quisiera que Jaime
debatiera de política,
escribiera unos versos
y cantara una canción
para su amada Estherina.
Quisiera escuchar a Moselín
entonar un piyut en Maripérez,
su voz en la radio aquel día
en el que me convencí
que las casualidades
no existían.
Quisiera que Abramito
me llevara a Maracaibo
a bailar unas gaitas
para saber cómo
zuliano y sefardí
se combinan.
Quisiera que Mercedes
me diera una lección de piano,
y una tarde con té
interpretara a Chopin
para que a mi padre
se nombrara.
Quisiera que Mary,
en la solemnidad del Shabat,
me recibiera en su casa,
y que el aroma de la adafina
se convirtiera en nostalgia.
Quisiera que Joseph
tocara el Shofar
que se escucha a la distancia,
diciéndome aquí vamos
todos en la misma nave.
Quisiera que Tita Nelly (de Montreal)
me contara de los veranos en el chalet,
mientras la nieve cubre las calles
de blanco sobre blanco.
Quisiera que Tita Berta,
con esa elegancia tan suya,
me relatara sus viajes
de Tánger a Paris,
cosmopolita y magnífica.
Quisiera que Mercedes la prima,
en su lucidez preclara,
recordara Tetuán
como si fuera apenas ayer
que los escalones se contaban.
Quisiera que Salomón supiera
que ahora comprendo su heroísmo,
fortaleza del espíritu
que remonta toda dificultad,
que supera todo reto.
Quisiera que Mamá Israel
me bendijera
al entrar por esa puerta
de su casa en la Judería.
Quisiera que la abuelita Simy
caminara de nuevo
por la playa de Río Martín
cantando un romance antiguo.
Quisiera que el abuelo Emilio
me hablara de Argentina,
me develara ese misterio
que hay detrás de esas gafas oscuras.
Quisiera que la bondad de Chuchi
se desbordara por el mundo,
y volverme a montar en su VW
para sentir esa felicidad
que nunca se acaba.
Quisiera que Salvador,
con su risa sonora,
nos contagie de optimismo
para cruzar el estrecho
el día del exilio.
Quisiera que Salomón, mi tío,
pasee conmigo por Tánger,
me lleve por los rincones
de la ciudad blanca
y del mar sin límites.
Quisiera que Alicia, mi prima,
volviera a Puerto Azul
y saliera de esa foto
desde su juventud eterna.
Quisiera con Ángel
ir a Margarita,
para que la amistad y el sol
borraran toda sombra.
Quisiera que Ramón Riera
disertara sobre Venezuela,
para demostrarme que en el país
también hay grandeza.
Quisiera que la Señora Alicia
nos preparara un quesillo,
con ese sabor criollo
de la Caracas amable,
de los diciembres felices.
Ottawa, 8 de junio de 2008
viernes, 4 de agosto de 2017
Sobre la ambigüedad de las preguntas del plebiscito
Mi recordado profesor de metodología de la investigación en la Universidad de Montreal, Luc Giroux, prematuramente desaparecido, nos decía que la clave de un buen cuestionario de encuesta es que las respuestas posibles no deben dejar lugar a interpretaciones ambiguas. Ponía como ejemplo la pregunta del primer referéndum que se hizo el gobierno de Quebec en 1980 para consultar a los habitantes de la provincia sobre la separación del resto de Canadá.
Luc nos decía que la pregunta planteada por el Partido Quebequense, que dirigía el gobierno provincial en esa época, tenía una lectura ambigua y, por lo tanto, la respuesta a la pregunta podría también ser interpretada de forma ambigua. La larga pregunta decía más o menos así: el gobierno de Quebec ha dado a conocer su proposición de llegar a un acuerdo con el resto de Canadá para lograr un nuevo acuerdo que le otorgue a la provincia plenos poderes soberanos y que le permita mantener una asociación económica con Canadá, incluyendo la misma moneda. ¿Le da usted al gobierno de Quebec un mandato para negociar el acuerdo propuesto entre Quebec y Canadá? Casi el 60% de los votantes rechazó el acuerdo de soberanía-asociación propuesto por el Partido Quebequense.
Nuestro profesor de metodología nos decía que en ese 60% probablemente había todo tipo de opiniones. Algunos serían claramente anti-independistas, pero otros serían independistas “québecois” duros que no querían negociar un acuerdo con Canadá, sino declarar la soberanía absoluta de Quebec. Ese “No” era pues distinto al “No” de los que querían quedarse en Canadá. Esto era un típico problema de ambigüedad de la pregunta que genera a su vez ambigüedad en la interpretación de las respuestas, nos decía Luc.
Podríamos decir que con las preguntas del plebiscito que convocó la Asamblea Nacional el 16 de julio pasado ocurrió algo parecido. Especialmente la tercera pregunta se presta a esas interpretaciones ambiguas que envenenan el debate político entre los que apoyan a la oposición democrática. Esa pregunta decía textualmente: “¿Aprueba que se proceda a la renovación de los poderes públicos de acuerdo a lo establecido a la Constitución, y a la realización de elecciones libres y transparentes, así como la conformación de un gobierno de unión nacional para restituir el orden constitucional?”.
Una mayoría abrumadora de electores (casi 99%) dijo que Sí a la tercera pregunta. El problema reside en la interpretación de ese “Sí”, especialmente la parte final que dice “…la conformación de un gobierno de unión nacional para restituir el orden constitucional…”. Algunos dicen que el plebiscito le dio un mandato a la Asamblea Nacional para proceder a conformar ya un nuevo gobierno. Otros dicen que ese mandato es para conformar un gobierno de unión nacional después que se restituya el orden constitucional y se celebren elecciones democráticas y transparentes. De hecho, el propio presidente de la Asamblea Nacional, Julio Borges, ha dicho que el parlamento venezolano no tiene el poder constitucional para conformar un gobierno. En cambio, otros argumentan que ese parlamento debe formar un gobierno paralelo inmediatamente, que incluya la designación de un nuevo alto mando militar.
La ambigüedad en la pregunta del plebiscito y en la interpretación de las respuestas ha alimentado un autodestructivo debate en el seno de la coalición opositora. Los electores lucen desorientados. Muchos están molestos con el liderazgo de la MUD. Un error “metodológico” (o más bien, político) que debilita a la oposición.
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