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domingo, 5 de enero de 2020

Realidad y ficción: un agente iraní en La Conjura del Esplendor

La novela se mezcla con la actualidad

A veces la realidad y la ficción se confunden. En 2016 Meyer Magarici (Meir Magar) e Isaac Nahon publicamos La Conjura del Esplendor, una novela que escribimos a cuatro manos. En el texto se mezclan la historia, la fantasía y la conspiración internacional, con espías y agentes de servicios secretos y milicias. Un personaje de la novela es el iraní Daud Mohadesh, miembro de la Fuerza Quds, como lo era el recientemente asesinado Soleimani. Aquí pueden leer un capítulo donde aparece el iraní:

LA OSCURIDAD QUE ALUMBRA

Daud Mohadesh vio la luna que brillaba alta y redonda sobre el Valle de la Becá. Como se creía poeta, hilvanó unos versos en su lengua materna - el farsi - sobre el resplandor de la oscuridad. Sabía que esa luz no venía del astro que marcaba su calendario, sino del Creador del Universo, el Más Grande, Alá el Misericordioso. Estaba lejos de casa, pero la luna era la misma, y la lucha también.
Acarició el AK47 que tenía sobre las piernas. Se percató que era de un negro brillante bajo el influjo de la misteriosa dama de la noche. Empezó a tararear una melodía de una canción que escuchó en sus tiempos de estudiante en Oxford: “I’ve been followed by a moon shadow, moon shadow, moon shadow…”. La cantaba Cat Stevens, un artista pop que bebió en la fuente de la Verdad y reconoció que no hay otro Dios que Alá y Mahoma es su enviado. Ahora se llama Yusuf Islam.
Había llegado al Líbano hacía un par de años. Su misión era servir de liaison con Hezbolá. Tenía ambiciones. Sin embargo, era un obediente servidor del Ayatolá Imranei. Siguiendo las enseñanzas de su Maestro entendía que la misión iba más allá del país de los cedros. Al sur estaba ese “cáncer sionista”, el pequeño Satán.
- No seas impaciente, Daud. El tiempo de Alá es perfecto. Yo te diré cuándo es el momento propicio para actuar – le dijo el Ayatolá Imranei cuando le asignó la misión con el Ejército de Dios.
Daud sentía un cosquilleo, un frenesí cuando rumiaba su furia sagrada. Recitaba enseguida un verso del Corán para recobrar la necesaria compostura propia de un soldado de Alá: “Creyentes; Combatid contra los infieles que tengáis cerca. Que os encuentren duros. Sabed que Dios está con los que Le temen”. Su mente podía ir lejos, imaginarse grandes proezas, batallas, sacrificios, martirologios. No era, sin embargo, él quien decidía. Su jefe directo era Nasrallah, Imam y Comandante Supremo de Hezbolá. La estrategia ahora - le había explicado - era enfocarse en el frente sirio donde seguía actuando el Estado Islámico, el otro enemigo. Al “cáncer sionista” lo mantendrían a raya.
- Los judíos aprendieron su lección después de la última guerra. Saben que el precio que pagarán si nos invaden será alto – razonaba Nasrallah-. Daud, tu ayuda es muy apreciada por nuestros hermanos sirios. Ese debe ser tu foco.
El persa – así lo llamaban los combatientes libaneses – veía las cosas de otra manera. La liberación de Palestina cambiaría todo el cuadro de la región. La conquista de Al Quds (Jerusalén le dicen los infieles) daría un giro de 180 grados a la situación. Su plan no era el producto de una mente afiebrada. Había estudiado historia del Medio Oriente en Oxford. Conocía al dedillo las guerras, los triunfos y las derrotas de los musulmanes. Admiraba a Salah ad-Din (Saladín) el Sultán. Despreciaba a quienes embrutecieron a los creyentes, los mantuvieron pobres e ignorantes, y se aliaron con los colonialistas. Y después llegó el sionismo, la punta de lanza de Occidente para acabar con el Islam. Los judíos se victimizaron, manipularon la historia de la Segunda Guerra Mundial, usaron su poder financiero y mediático, y convencieron a los imperios para que los apoyaran en su vicioso plan de control del Medio Oriente.
Hizo un rápido cálculo mental. Palestina estaría apenas a 60 kilómetros desde donde estaba sentado, menos de una hora en automóvil. La noche era clara. Era el mismo cielo, las mismas estrellas que cubrían ese todo que debería ser una Unidad Perfecta, el Dar al Salam, la Casa de la Paz. No se hacía ilusiones, no pensaba que los creyentes comunes y corrientes estarían dispuestos a hacer lo necesario para lograr extirpar ese cáncer. Como buen chií estaba convencido que esta será la misión del Majdi, el redentor del islam que reinará antes del Día del Juicio Final.
Volvió a mirar la luna que destellaba en el cielo oscuro. Su vena poética le sacó de los labios unos versos sobre la Noche de la Redención, del Majdi que permanece escondido en esa oscuridad luminosa antes de revelarse al mundo. “¡Ya está entre nosotros, pero nosotros no lo merecemos…! ¡Oh creyentes! ¡Vuestros méritos traerán la luz del Majdi…! ¡Oh creyentes! Póstrense ante Alá, el Más Grande, quien removerá el velo que tapa vuestros ojos para que veáis a su enviado, la paz sea con él…”. Los versos incrementaron el cosquilleo, su frenesí. Estuvo tentado de apretar el gatillo y disparar al aire, pero no quiso perturbar a quienes todavía dormían en la casa de adobe. Pronto el mu'aḏḏin llamaría a la plegaria de la mañana.

La novela está disponible en Amazon.

domingo, 13 de agosto de 2017

Quisiera nombrarlos a todos

* Este poema lo escribí en 2008 para recordar a seres queridos que en ese entonces ya nos habían dejado.


Quisiera nombrarlos a todos

Por: Isaac Nahón Serfaty

Quisiera nombrarlos a todos
y con las palabras
convocarlos uno a uno.
Memoria, vínculo último,
testimonio del bendito recuerdo.

Quisiera que Papá Salomón,
con su voz justa y severa,
me dijera “No andes descalzo”.
Y que jugara de nuevo
una partida de ajedrez con Izack,
o hiciera una carambola
en la casa de la playa.

Quisiera que Mamá Sara,
con su dulzura de letuario,
celebrara un Día de las Madres.
Y que su sonrisa volviera,
como cuando jugaba Pelé
porque se acordaba de Río.

Quisiera preguntarle a Gabriel,
inteligencia superior,
poema a Sión.
Y que el llanto de mi madre
cesara al verlo llegar
de la mano de su padre,
sus caras de alegría.

Quisiera estar con Moisés
en la tienda de Jerusalén,
allí en la ciudad santa,
caminar con su bastón
y remontar la colina.

Quisiera volver con Samuel
un domingo a El Junquito,
para comernos un asado,
y escuchar de sus labios
la anécdota picante
con olor a hierbabuena.

Quisiera que Alberto,
en una lección de historia,
me hiciera descubrir las claves
de dónde venimos,
de quiénes somos.

Quisiera que Jaime
debatiera de política,
escribiera unos versos
y cantara una canción
para su amada Estherina.

Quisiera escuchar a Moselín
entonar un piyut en Maripérez,
su voz en la radio aquel día
en el que me convencí
que las casualidades
no existían.

Quisiera que Abramito
me llevara a Maracaibo
a bailar unas gaitas
para saber cómo
zuliano y sefardí
se combinan.

Quisiera que Mercedes
me diera una lección de piano,
y una tarde con té
interpretara a Chopin
para que a mi padre
se nombrara.

Quisiera que Mary,
en la solemnidad del Shabat,
me recibiera en su casa,
y que el aroma de la adafina
se convirtiera en nostalgia.

Quisiera que Joseph
tocara el Shofar
que se escucha a la distancia,
diciéndome aquí vamos
todos en la misma nave.

Quisiera que Tita Nelly (de Montreal)
me contara de los veranos en el chalet,
mientras la nieve cubre las calles
de blanco sobre blanco.

Quisiera que Tita Berta,
con esa elegancia tan suya,
me relatara sus viajes
de Tánger a Paris,
cosmopolita y magnífica.

Quisiera que Mercedes la prima,
en su lucidez preclara,
recordara Tetuán
como si fuera apenas ayer
que los escalones se contaban.

Quisiera que Salomón supiera
que ahora comprendo su heroísmo,
fortaleza del espíritu
que remonta toda dificultad,
que supera todo reto.

Quisiera que Mamá Israel
me bendijera
al entrar por esa puerta
de su casa en la Judería.

Quisiera que la abuelita Simy
caminara de nuevo
por la playa de Río Martín
cantando un romance antiguo.

Quisiera que el abuelo Emilio
me hablara de Argentina,
me develara ese misterio
que hay detrás de esas gafas oscuras.

Quisiera que la bondad de Chuchi
se desbordara por el mundo,
y volverme a montar en su VW
para sentir esa felicidad
que nunca se acaba.

Quisiera que Salvador,
con su risa sonora,
nos contagie de optimismo
para cruzar el estrecho
el día del exilio.

Quisiera que Salomón, mi tío,
pasee conmigo por Tánger,
me lleve por los rincones
de la ciudad blanca
y del mar sin límites.

Quisiera que Alicia, mi prima,
volviera a Puerto Azul
y saliera de esa foto
desde su juventud eterna.

Quisiera con Ángel
ir a Margarita,
para que la amistad y el sol
borraran toda sombra.

Quisiera que Ramón Riera
disertara sobre Venezuela,
para demostrarme que en el país
también hay grandeza.

Quisiera que la Señora Alicia
nos preparara un quesillo,
con ese sabor criollo
de la Caracas amable,
de los diciembres felices.

Ottawa, 8 de junio de 2008