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martes, 21 de mayo de 2024

El fiscal Khan y la credibilidad de la CPI

El fiscal Karim Khan de la Corte Penal Internacional (CPI) decidió ordenar el arresto del primer ministro israelí Benjamín Netanyahu y de su ministro de defensa Yoav Gallant acusándolos de presuntos crímenes de guerra y de crímenes contra la humanidad. El fiscal Khan también ordenó el arresto de varios cabecillas de Hamás. Ambas decisiones tienen como explicación el oportunismo judicial del fiscal Khan, quien está muy consciente de la falta de credibilidad de la CPI, instancia que tiene poco que mostrar como resultados concretos en relación a varios crímenes y violaciones contra los derechos humanos en la escena internacional. 

Ya lo había dicho Khan en una conferencia que dio en la Universidad de Ottawa en mayo de 2023 (mucho antes de la masacre perpetrada por Hamás en octubre de ese mismo año): está en juego la credibilidad en el sistema internacional de justicia si la CPI no actúa de forma contundente, como NO lo ha hecho en varios casos notables, tales como los crímenes cometidos por el presidente sirio Bashir Al Assad, o en las persecuciones y masacres contra los rohinyás en Birmania o los uigures en China.

El record de la CPI no es bueno. Khan no quiere pasar sin pena ni gloria por su cargo de fiscal. Tampoco ha sido muy eficaz en el caso de las acusaciones contra Nicolás Maduro y su séquito militar-civil acusados de toda clase de crímenes contra la humanidad (torturas, asesinatos selectivos, persecuciones, exilio de millones de venezolanos). A pesar de sus visitas a Venezuela y reuniones con el mismísimo Maduro, Khan no tiene nada concreto que presentar a las víctimas de la autocracia chavista.

La masacre del 7 de octubre y la respuesta defensiva de Israel contra Hamás y la Yihad Islámica Palestina abrieron las puertas para que Khan logre alguna visibilidad en la escena internacional y le de un empujón a la decaída credibilidad de la CPI. Y lo ha hecho con un juego de equilibrismo judicial que pone en la misma balanza a quien perpetra crímenes contra civiles (asesinatos, torturas, violaciones, secuestro de rehenes) y a un estado que se defiende con los medios legítimos que establece la ley internacional. 

Khan ha apostado por montarse en la ola de opinión que impulsan la izquierda woke y el radicalismo islamista. Lástima por los que teníamos alguna esperanza en la credibilidad de Karim Khan para pedir justicia por las víctimas del chavismo-madurismo. Con su decisión que pretende igualar a los miembros de un gobierno constituido democráticamente como el de Israel (aunque ese gobierno nos guste o no) y los terroristas que reivindican a pleno pulmón sus crímenes, ha terminado de enterrar su legado. Una verdadera lástima.

domingo, 5 de enero de 2020

Realidad y ficción: un agente iraní en La Conjura del Esplendor

La novela se mezcla con la actualidad

A veces la realidad y la ficción se confunden. En 2016 Meyer Magarici (Meir Magar) e Isaac Nahon publicamos La Conjura del Esplendor, una novela que escribimos a cuatro manos. En el texto se mezclan la historia, la fantasía y la conspiración internacional, con espías y agentes de servicios secretos y milicias. Un personaje de la novela es el iraní Daud Mohadesh, miembro de la Fuerza Quds, como lo era el recientemente asesinado Soleimani. Aquí pueden leer un capítulo donde aparece el iraní:

LA OSCURIDAD QUE ALUMBRA

Daud Mohadesh vio la luna que brillaba alta y redonda sobre el Valle de la Becá. Como se creía poeta, hilvanó unos versos en su lengua materna - el farsi - sobre el resplandor de la oscuridad. Sabía que esa luz no venía del astro que marcaba su calendario, sino del Creador del Universo, el Más Grande, Alá el Misericordioso. Estaba lejos de casa, pero la luna era la misma, y la lucha también.
Acarició el AK47 que tenía sobre las piernas. Se percató que era de un negro brillante bajo el influjo de la misteriosa dama de la noche. Empezó a tararear una melodía de una canción que escuchó en sus tiempos de estudiante en Oxford: “I’ve been followed by a moon shadow, moon shadow, moon shadow…”. La cantaba Cat Stevens, un artista pop que bebió en la fuente de la Verdad y reconoció que no hay otro Dios que Alá y Mahoma es su enviado. Ahora se llama Yusuf Islam.
Había llegado al Líbano hacía un par de años. Su misión era servir de liaison con Hezbolá. Tenía ambiciones. Sin embargo, era un obediente servidor del Ayatolá Imranei. Siguiendo las enseñanzas de su Maestro entendía que la misión iba más allá del país de los cedros. Al sur estaba ese “cáncer sionista”, el pequeño Satán.
- No seas impaciente, Daud. El tiempo de Alá es perfecto. Yo te diré cuándo es el momento propicio para actuar – le dijo el Ayatolá Imranei cuando le asignó la misión con el Ejército de Dios.
Daud sentía un cosquilleo, un frenesí cuando rumiaba su furia sagrada. Recitaba enseguida un verso del Corán para recobrar la necesaria compostura propia de un soldado de Alá: “Creyentes; Combatid contra los infieles que tengáis cerca. Que os encuentren duros. Sabed que Dios está con los que Le temen”. Su mente podía ir lejos, imaginarse grandes proezas, batallas, sacrificios, martirologios. No era, sin embargo, él quien decidía. Su jefe directo era Nasrallah, Imam y Comandante Supremo de Hezbolá. La estrategia ahora - le había explicado - era enfocarse en el frente sirio donde seguía actuando el Estado Islámico, el otro enemigo. Al “cáncer sionista” lo mantendrían a raya.
- Los judíos aprendieron su lección después de la última guerra. Saben que el precio que pagarán si nos invaden será alto – razonaba Nasrallah-. Daud, tu ayuda es muy apreciada por nuestros hermanos sirios. Ese debe ser tu foco.
El persa – así lo llamaban los combatientes libaneses – veía las cosas de otra manera. La liberación de Palestina cambiaría todo el cuadro de la región. La conquista de Al Quds (Jerusalén le dicen los infieles) daría un giro de 180 grados a la situación. Su plan no era el producto de una mente afiebrada. Había estudiado historia del Medio Oriente en Oxford. Conocía al dedillo las guerras, los triunfos y las derrotas de los musulmanes. Admiraba a Salah ad-Din (Saladín) el Sultán. Despreciaba a quienes embrutecieron a los creyentes, los mantuvieron pobres e ignorantes, y se aliaron con los colonialistas. Y después llegó el sionismo, la punta de lanza de Occidente para acabar con el Islam. Los judíos se victimizaron, manipularon la historia de la Segunda Guerra Mundial, usaron su poder financiero y mediático, y convencieron a los imperios para que los apoyaran en su vicioso plan de control del Medio Oriente.
Hizo un rápido cálculo mental. Palestina estaría apenas a 60 kilómetros desde donde estaba sentado, menos de una hora en automóvil. La noche era clara. Era el mismo cielo, las mismas estrellas que cubrían ese todo que debería ser una Unidad Perfecta, el Dar al Salam, la Casa de la Paz. No se hacía ilusiones, no pensaba que los creyentes comunes y corrientes estarían dispuestos a hacer lo necesario para lograr extirpar ese cáncer. Como buen chií estaba convencido que esta será la misión del Majdi, el redentor del islam que reinará antes del Día del Juicio Final.
Volvió a mirar la luna que destellaba en el cielo oscuro. Su vena poética le sacó de los labios unos versos sobre la Noche de la Redención, del Majdi que permanece escondido en esa oscuridad luminosa antes de revelarse al mundo. “¡Ya está entre nosotros, pero nosotros no lo merecemos…! ¡Oh creyentes! ¡Vuestros méritos traerán la luz del Majdi…! ¡Oh creyentes! Póstrense ante Alá, el Más Grande, quien removerá el velo que tapa vuestros ojos para que veáis a su enviado, la paz sea con él…”. Los versos incrementaron el cosquilleo, su frenesí. Estuvo tentado de apretar el gatillo y disparar al aire, pero no quiso perturbar a quienes todavía dormían en la casa de adobe. Pronto el mu'aḏḏin llamaría a la plegaria de la mañana.

La novela está disponible en Amazon.

martes, 9 de octubre de 2018

My most recent book: Strategic Communication and Deformative Transparency


I am pleased to share with you the Preface of my recent book on Strategic Communication and Deformative Transparency. Persuasion in Politics, Propaganda and Public Health:


This is a photograph (Figure a) of Cyril Winter, an Ottawa-based anti- abortion activist. I took this photo on September 8, 2017. He was in front of the Canadian Tribute to Human Rights monument, during one of his usual one-man protests.

This photo summarizes the aim and scope of this book. The bottom panel’s image of body parts—of foetuses or babies, depending where you position yourself in the debate—is a clear display of grotesque transpar- ency. Its intent is stated in its text: “No censorship”. Its crudeness does not leave any room for euphemisms. Mr. Winter is not talking about “repro- ductive rights”, “medical procedures”, “the right to choose”, “interrupted pregnancy”, or even “pro-life”. He wants to shock the public by disclosing the concrete “truth”, or at least his truth.

At the heart of his message is an aesthetics of horror. It seems, how- ever, that the image of small, dismembered bodies was not enough for Mr. Winter. To emphasize this disclosure of a crude reality, he also added the baby doll hanging from his neck. This is a sign of over-production of meaning, where the grotesque and the kitschy tend to overlap. It also reveals an economy of the affects, done through the saturation of emotions based on the premise that overcoming “cognitive indifference” requires an aesthetic reflexivity, or an alternative path to “knowing” about an issue.

The photo also speaks to the tension between strategy and tactics. Mr. Winter was present at the monument as an individual without any insti- tutional affiliation. His means appeared to be quite limited, with no major strategic relevance. As with many cases in today’s digital sphere, however, he was introducing the transparently grotesque in the public space to disrupt and eventually call attention to it. His rationale was not that different from the old prescriptions of propaganda, though he was also facing a highly overcrowded and fragmented communication ecosystem, as illustrated by passers-by at the monument who were plugged into their mobile devices.

By putting on this display, Mr. Winter visually desecrated the sacred in order to defend what he thought is the “supreme good”: human life. We can assume he considered this a legitimate means to achieve his goal (that is, to end or limit abortion). Some may agree with him; others may find these images repulsive or an unethical manipulation of emotions. The majority of passers-by that day near the human rights monument were indifferent to Mr. Winter’s images and speech. The question remains: how far can some- one go to achieve their goals? What are the limits of the visible? This book is an attempt to answer these questions by looking into both the visible and invisible aspects of the strategy of the transparently grotesque.


You can read a preview of the book by clicking here

martes, 10 de octubre de 2017

Las Vegas y el monstruo en el sistema

No es el motivo, es el sistema. 
La masacre de Las Vegas tiene a los medios de comunicación encerrados en un loop que a veces suena obsesivo. En las pantallas de CNN o Fox News se escucha el mismo ritornello: ¿cuál es el motivo de este horrible crimen? Y hay una especie de desesperación en el tono de los periodistas y locutores que se preguntan ansiosos qué llevó a este asesino a cometer una masacre largamente planificada y, por lo perversa, muy bien ejecutada. Pero el motivo del crimen en este caso, como en tantas otras masacres que han conmocionado los Estados Unidos, es secundario. Policías y criminólogos tratarán de desmentirme. Dirán que hay que descubrir el motivo del criminal. Les diré que, en este caso, como en tantos otros en los que se repite la misma desoladora historia, descubrir el motivo no importa un carajo. Lo que importa es cambiar un sistema monstruoso que hace posible estas pesadillas. (Para seguir leyendo hacer click aquí)